De todas las preguntas que hago con el micrófono en la mano, «¿cuánto quieres ganar?» es la que más bloquea. Las expectativas salariales son justo eso: la cifra que esperas cobrar por ese trabajo. Responder bien no consiste en acertar un número mágico, sino en llegar con un suelo calculado y saber en qué momento darlo.
Qué te preguntan de verdad al hablar de expectativas salariales
Cuando salgo a la calle y pregunto qué sueldo pedirían en su próxima entrevista, casi nadie contesta con un número. Contestan con otra pregunta: «¿y cuánto pagan?», y suelen bajar la voz al decirlo.
No es timidez: es falta de referencias, porque a poner precio a lo que uno hace no nos ha enseñado nadie. Quien pregunta quiere saber dos cosas: si encajas en su presupuesto y si tienes criterio sobre tu propio trabajo. La segunda pesa más de lo que parece: una cifra razonada dice de ti algo que no cabe en el currículum.
El primer número es un ancla, y callarte no te protege
Lo que manda aquí tiene nombre: el efecto ancla. El primer número que entra en la conversación se convierte en el centro de gravedad de todo lo que viene después, aunque las dos partes sepan que es discutible. Ya nadie negocia desde cero: se negocia alrededor de esa cifra.
Por eso «prefiero no decirlo, lo que ustedes consideren» no es una respuesta neutral: es ceder el ancla. Poner tus expectativas salariales sobre la mesa no es atrevimiento, es elegir dónde empieza la conversación.
Y esa prudencia tiene factura. Hagamos el cálculo con números redondos: si la distancia entre lo que habrías pedido y lo que acabas aceptando son 150 euros al mes, el primer año son 1.800 euros. El problema no es ese año. Lo habitual es que las subidas posteriores se calculen como un porcentaje sobre la base que firmaste, así que el hueco no se cierra solo: crece con la base. Con una subida del 2 % anual —una cifra de ejemplo, no una promesa—, al quinto año la diferencia ya no son 1.800 euros, son casi 1.950, y los cinco años juntos suman alrededor de 9.400 euros. Todo eso se decidió en diez minutos de conversación.
Calcula tu suelo antes de abrir la boca
Tu suelo no es lo mínimo que aceptarías un mal día: es la cifra por debajo de la cual el trabajo deja de compensarte. Y sale de la calculadora, no de la intuición:
- Suma tu gasto mensual inaplazable: vivienda, suministros, comida, transporte, seguros y cuotas que no puedes parar.
- Añade lo que quieres ahorrar cada mes, aunque sean 100 euros. Si no lo metes aquí, no existirá.
- Suma lo que cuesta ese puesto: desplazamiento, comidas fuera, guardería si te cambia el horario.
- Esa suma es tu neto mensual mínimo. Multiplícalo por doce y tendrás el neto que necesitas al año.
- Pasa ese neto anual a bruto en cualquier calculadora de nómina. Ahí tienes tu suelo.
Y pregunta siempre en cuántas pagas se reparte, porque no es el mismo dinero en la mano. Un bruto de 24.000 euros en doce pagas son 2.000 euros al mes; en catorce, unos 1.714, y los otros dos cobros suelen llegar en verano y en Navidad. El año cuadra igual, pero los meses no. Si vas justo, pide las pagas prorrateadas.
Ese número es tuyo: no se cuenta en la entrevista, se usa para decidir.
Qué responder según el momento de la entrevista
La misma pregunta pide respuestas distintas según cuándo llegue:
- En el primer contacto, sin conocer el puesto: devuelve la pregunta una vez. «Para darle una cifra útil, ¿qué banda tienen prevista?». Una vez, no dos: insistir sí parece evasivo.
- Si insisten sin darte banda: da un rango cuyo extremo bajo sea tu objetivo, no tu suelo. Se lee por abajo, así que el número de la izquierda es el que estás pidiendo. Y mantén los extremos cerca: si aceptar el de abajo te daría rabia, el rango está mal puesto.
- Cuando ya conoces el puesto: cifra concreta y una frase de por qué, apoyada en lo que vas a hacer allí, no en lo que necesitas en casa.
- Si es tu primer empleo: reconoce que tienes pocas referencias y pide la banda. Es honesto y no regala nada.
Los errores que más oigo con el micrófono en la mano
El primero es contestar «lo que marque el convenio». Suena humilde y delega la decisión: un convenio marca el suelo de un sector entero, no lo que vale tu trabajo en ese puesto.
El segundo es dar tu sueldo actual como si fueran tus expectativas salariales. Una cifra mira atrás y la otra mira al puesto nuevo; si vienes de un salario bajo, encadenarlas te condena a seguir ahí.
El tercero es aceptar que te paguen en cosas. Separa lo que ahorra dinero contante —teletrabajo, comida cubierta, formación pagada— de lo que solo suena bien: la fruta de los martes no paga el alquiler.
Y el cuarto, el más silencioso: decir tu cifra y desactivarla en la misma frase con un «pero vamos, soy flexible». Si tienes margen, ya te lo preguntarán. Deja que tu número respire.
Preguntas frecuentes
¿Estoy obligado a decir cuánto gano ahora? No es un dato que tengas que entregar, y darlo rara vez juega a tu favor. Puedes redirigir hacia tus expectativas salariales para el puesto nuevo: «Prefiero centrarme en lo que busco para esta posición».
¿Es mejor dar un rango o una cifra concreta? Rango mientras no conozcas bien el puesto; cifra concreta cuando ya lo conoces, porque entonces el rango solo añade ruido. Y si das rango, extremos cercanos: un abanico enorme se lee como indecisión.
¿Y si la banda que ofrecen está por debajo de mi suelo? Dilo pronto y sin dramatismo: ahorra tiempo a las dos partes y deja la puerta abierta para otro proceso.
Puntos clave
- Las expectativas salariales miden criterio, no solo presupuesto.
- Callar no es neutral: el primer número que aparece ancla la negociación.
- Calcula tu suelo con gasto inaplazable, ahorro y coste del puesto.
- Pregunta en cuántas pagas se reparte: el año cuadra, los meses no.
- Si das un rango, el extremo bajo es lo que pides de verdad.
- 150 euros al mes mal negociados son unos 9.400 euros en cinco años.


